El sábado llegó inevitable, la noche anterior, Nohemi tuvo pesadillas, mezcladas con recuerdos tumultuosos de su infancia; Zeke notó su estado desde que se quedó dormida, pudo sentir su corazón latiendo de prisa y la frialdad casi espectral de todo su cuerpo; por ese motivo pasó toda la noche atento a la pelirroja, mientras la sostuvo en brazos hasta el amanecer.
―Come un poco, por favor ―rogó con gentileza, acariciando las sedosas hebras rojas con sus dedos. Zeke estaba sentado a su lado en la