Estoy sentado en mi despacho, con la mirada fija en mi madre, quien se encuentra de pie frente a mí, con una expresión seria y decidida. La habitación está iluminada por la luz suave de la tarde, que se filtra a través de las ventanas, y el aire está cargado de tensión.
—Venco, debes ir a detener a Ocaso —dice mi madre, con una voz firme y autoritaria—. Está subiendo las maletas al carruaje y se va a ir de la mansión.
Me levanto de mi silla y me acerco a la ventana, mirando hacia afuera, donde