—Solo quería asegurarme de que llegaras bien a casa —dijo Scott.
No era gran cosa, pero fue un gesto tan dulce que Vivian no pudo evitar sonreír. Simplemente no lograba entender a ese hombre. A veces se comportaba como un imbécil al que le daban ganas de gritarle, y otras veces era todo un caballero. Un caballero que sabía exactamente cómo y dónde tocarla para hacerla temblar.
—Sí, ya estoy en casa —respondió ella simplemente.
—¿No te importa que esté en casa? —preguntó él burlonamente—. ¡Caram