—Para —dijo Vivian en voz baja.
—Pero ¿por qué? —preguntó Scott en voz baja, quitándole el vaso de las manos y colocándolo sobre la mesa junto a él—. ¿Por qué dices eso? ¿Si en realidad no quieres que pare?
—Sí, quiero, señor Mc...
—Scott... —la corrigió de nuevo.
—Scott —susurró ella, pero él debió de haber leído la mentira en sus ojos y en sus labios.
—No lo creo. Sé que ha sido difícil en el trabajo, pero ya no estamos en el trabajo. Ni siquiera hay nadie de la oficina aquí, así que somos li