AURORA
Fayir avanza por las losas frías con esa suficiencia insoportable que me revuelve el estómago. Cada uno de sus pasos parece calculado para marcar territorio, pero Sebasten ni se inmuta; permanece a mi lado como una montaña de granito, con la mano pesada aún firme sobre mi cintura, transmitiéndome un calor sofocante que es lo único que me mantiene anclada a la realidad. Los rubíes en mis orejas pesan, el vestido cruje con un sonido cristalino a cada leve respiración mía, y el silencio en