BREEN
Escuché cómo Acosta salía del auto, también sus pasos al alejarse y supongo que, en cuanto él ya no podía verme, Amina salió del auto, y me ayudó a salir del maletero. Rápidamente, entramos a comprar el pasaje, para que Acosta no nos viera. Obviamente, ella pagó todo, al igual que me dio unos cuantos dólares y me dio su móvil, para poder llamar a alguien una vez aterrizara en Chicago.
Nos despedimos con un abrazo y subí de última hora al vuelo de regreso a casa, sin saber lo que me espera