La nieve caía con más fuerza fuera de la ventana, envolviendo el castillo de los licántropos en un silencio opresivo. Me sentaba en un sillón de terciopelo cerca de la chimenea, tratando de calentar mis dedos, que siempre parecían helados. El mensaje amenazante de Silas todavía resonaba en mi cabeza, como un susurro demoníaco que se negaba a desaparecer.
"Señorita Aria?"
La voz suave provenía de una joven doncella que acababa de entrar. Llevaba una bandeja de plata con una taza de porcelana que