El frío asfixiante en el cuello de Alaric no provenía de una mano de carne y hueso, sino de la densidad de la oscuridad que él mismo había creado.
Su propia sombra —un Terror Nocturno de un negro intenso— le agarraba la garganta con una fuerza equivalente a la suya propia.
Delante de Alaric, la figura sin rostro seguía avanzando hacia los niños del pueblo, con su saco de seda abierto de par en par, exhalando un dulce aroma a muerte.
Kaelen ya estaba casi transparente.
Sus pies empezaban a fusio