El techo de la Guarida de las Sombras retumbó como huesos rotos. La luz solar dorada que se filtraba por las grietas de la roca ya no era un símbolo de esperanza, sino una espada de ejecución lista para consumir todo lo que estuviera bajo ella.
En el centro de la gran sala, Silas permanecía de pie con el cuerpo temblando, sus manos apretaban la empuñadura de su espada negra con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos.
Detrás de él, Chloe se mantenía erguida como una sombra dulce,