La Guarida de la Sombra, que durante años fue una leyenda entre los fugitivos y rebeldes Marginados, ya no se siente como una fortaleza impenetrable.
El olor a tierra húmeda y musgo ancestral en la gran cueva ahora se mezcla con el olor a hierro de armas desenvainadas y una tensión que ahoga el aliento.
En el centro de la gran sala iluminada por antorchas púrpuras, cientos de caballeros de los Restos Marginados están de pie con sus armaduras negras, desgastadas pero aún intimidatorias.
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