El cielo sobre la Ciudad Capital se había convertido en un lienzo gris muerto.
La máquina absorbedora de vida del Santuario de Hierro seguía rugiendo, transformando cada hoja de hierba y cada gota de agua en ceniza sin vida.
Sin embargo, a miles de kilómetros del centro de la destrucción, en el borde de un continente escarpado, el viento marino aún soplaba con fuerza, llevando el aroma picante de la sal.
En el borde de un acantilado que mira directamente al Mar del Vacío, se alzaba una peque