Las cenizas negras restantes de las tropas del Campeón de la Luz, tragadas por la tierra, aún flotaban en el aire, formando una fina capa que cubría el rostro pálido de Luciano.
Aria abrazaba el cuerpo indefenso de su hijo, sintiendo su pulso irregular, como si dos grandes fuerzas lucharan por tomar el control de su pequeño pecho.
A su alrededor, los sobrevivientes ancestrales del Valle de Obsidiana se arrodillaban, murmurando oraciones en un lenguaje extinguido un lamento por el Mediador que