La Sala de Audiencia aún temblaba con el eco de la confesión involuntaria del Consejo de Ancianos.
El aire se sentía tan pesado como si cada partícula de oxígeno en la habitación se hubiera convertido en plomo.
Silas, que ahora yacía encorvado en su sillón de enfermo, parecía los restos de una vela a punto de consumirse por completo.
La luz púrpura que irradiaba de su pecho latía de forma irregular, creando largas sombras que bailaban sobre el suelo de mármol, ahora manchado por la conspirac