La luz del alba que bañó las torres del Palacio Obsidiano esa mañana no trajo el calor habitual. En cambio, el aire se sintió frío y tenso, como si toda la capital estuviera reteniendo la respiración al presenciar el regreso del Emperador.
Alaric avanzó por la puerta principal con una túnica rasgada y manchada de sangre no la suya. En sus poderosos brazos sostenía a Aria, envuelta en tela de raso negro.
El rostro de Aria era pálido como la cera, pero su respiración ya comenzaba a estabilizarse