La noche envolvió el Palacio Obsidiana con un silencio opresivo.
En su despacho privado, Alaric permanecía inmóvil frente a una gran ventana que daba a toda la capital.
Más abajo, las luces de la ciudad parpadeaban, pero la mente de Alaric estaba muy lejos.
Su gran mano apretaba el borde de un escritorio de roble hasta que la madera crujía, conteniendo un peso mental casi insoportable.
La muerte del Anciano Voran a manos o más bien, por el poder de su hijo aún no nacido había dejado una cica