¡Es ella! —gritó Katya, señalándola con las manos esposadas, perdiendo la razón—. ¡Es la muerta! ¡Es la gorda! ¡Está viva!
Llévensela —ordenó León a los agentes.
Arrastraron a Katya fuera del salón gritando incoherencias, mientras Nuria la veía desaparecer con una satisfacción que le curó el alma.
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