Darío soltó una carcajada ronca, genuina, que le vibró directo en el pecho.
—No pasé de tomarme un maldito café amargo con ellas, te lo juro por mi vida. Ninguna de ellas eres tú. No me interesa absolutamente nadie más, Victoria. Te extrañé cada maldito segundo desde que me subí a ese avión.
—Y yo t