Celeste no disimuló su burla, soltó una carcajada que resonó por todo el pasillo. Darío rodó los ojos, estiró los brazos y le quitó la caja de pizza de las manos sin pedirle permiso.
—Ya cállate y pasa a la cocina, Celeste —le ordenó Darío, aunque no sonaba molesto. Tenía esa sonrisa ladeada que del