Cuando la pequeña Rose comenzó a gemir mi nombre de esa manera, no quise aguantar más y me vine con ella.
Después me metí bajo el agua para limpiar mi cuerpo, pero nunca pensé sentir sus manos enjabonando mi pecho y, aunque quise alejarla, la dejé porque era algo que nunca nadie había hecho. Bueno, en realidad todo lo que había hecho con la pequeña Ross no lo había hecho con nadie. Jamás dejaba que me tocaran ni mucho menos besaran los labios, pero con ella todavía ha sido distinto, no por cues