En el sereno abrazo de una apartada casa de campo, enclavada en medio de extensos campos y exuberante vegetación, Olegda encontró consuelo en las profundidades de su santuario creativo. Rodeada de la sinfonía de la naturaleza y envuelta en una tranquilidad que sólo un lugar así podía ofrecer, se deleitaba en la dichosa serenidad que se había convertido en su refugio. Mientras los rayos dorados del sol de la mañana se filtraban a través de las ventanas, arrojando un cálido resplandor sobre la ha