El quirófano estaba vacío.
Las luces apagadas las máquinas en silencio. El olor a sangre y antiséptico aún flotaba en el aire, pero no había rastro de ella. No había rastro de nadie.
Mi corazón se detuvo que pensé que sufriría un paro cardiaco.
—¿Dónde está? —grité, mi voz resonando en la habitación vacía—. ¡¿Dónde está Vienna?!
Mis pies se movieron solos, recorriendo el quirófano como un animal acorralado. Las sábanas de la camilla estaban manchadas de sangre. Su sangre. Y ella no estaba