Las horas se arrastraban como siglos.
No podía apartar los ojos del vidrio que me separaba de Vienna, sin importar la cantidad exagerada de veces que el personal médico me pidió que saliera porque no consideraban ético que estuviera viendo a la paciente cuando solo era un civil. Y me valía mierda su opinión.
Tenía que asegurarme que estuviera bien, que ese inútil doctor no la lastime, no falle.
Mis hombres tomaron el hospital, impidiendo que los doctores hicieran su voluntad.
Estos desgraciado