••Narra Vienna••
Los ojos me ardían, los pulmones me dolían. Ya no podía llorar más. Estaba muy cansada, pero mi corazón aún estaba desangrándose.
Era mi culpa. Yo no tuve que haberme ilusionado, ya me había roto el corazón una vez y volví a caer en la misma trampa. Como una idiota.
No sabía que hora era. La sala estaba a oscuras y las cortinas corridas pese a que en el suelo se reflejaba la luz del sol. Alguien debió apagar las luces en medio de mi patética crisis. Debieron verme en mi