66. LA VERDAD SALE A LA LUZ
Henry me estrechó entre sus brazos. A pesar de que trataba de contenerme, no pude; me eché a llorar en sus brazos y lo abracé con fuerza.
—Perdón, Lúa, perdón —se apresuró a decir Henry—. No llores, ven, siéntate aquí; te lo contaré todo. Solo ayer supe que no habías hecho nada, que no eres culpable de nada.
—¿Qué quieres decir? —pregunté, mirándolo a los ojos.
—Lúa, deja que empiece por el principio, y luego iremos haciéndonos preguntas —dijo Henry con calma—. No sé si todavía recuerdas nuestr