Apretándose el puente de la nariz, Chandler obligó a su mente a dejar de dar vueltas sobre esos pensamientos porque no importaba. Habían sido unos dos meses de su vida, y eso era todo.
Lo superaría. La superaría a ella.
Su teléfono volvió a iluminarse y él suspiró. —No sé qué demonios podría querer decirme.
El sillón reclinable rechinó cuando Paul se inclinó hacia adelante. —A mí también me da curiosidad. ¿Diga?
—¿Qué haces? —gritó—. Dame ese teléfono.
Cuando intentó quitárselo de un manotazo,