Soledad sonrió y, luego de una leve venia, bebió de un sorbo el champán. Graciela miró a Soledad con los ojos al borde de las lágrimas. Se acercó, tomándole la mano, y le dijo en un tono apenas perceptible:
—La felicidad se construye con sacrificio, debes tener paciencia con mi hijo.
—Sé lo que tengo que hacer, no necesita recordarme nada —respondió Soledad, sabiendo que la empresa de su amiga estaba bajo amenazas y de su matrimonio dependía que no cayera en la ruina.
—Aún eres muy joven, luego