El rugido del motor de la lancha sonaba como los latidos de un corazón agonizante en medio del silencio opresivo del manglar.
Detrás de ellos, el cielo de Barranquilla seguía teñido de rojo, no por el amanecer, sino por el fuego que devoraba los restos del imperio de Sebastián.
Una columna de humo negro se alzaba hacia el cielo, sirviendo de lápida gigante a la fortaleza que acababan de abandonar.
Valentina estaba sentada en el suelo mojado de la embarcación, sosteniendo la cabeza de Sebastiá