Los flashes de las cámaras de los reporteros destellaron como rayos frente a la entrada del edificio central del Grupo Valderrama en Bogotá.
Valentina bajó del sedán negro, sus pies calzados con tacones bajos pero firmes pisaron el asfalto con una seguridad intimidante.
Ya no llevaba el uniforme de enfermera ni las ropas sucias de una fugitiva; vestía un traje de chaqueta médica color crema que le quedaba ajustado al cuerpo, ocultando su vientre que comenzaba a mostrarse pero resaltando su au