Las luces brillantes de Bogotá, visibles a través de una ligera neblina, parecían ojos vigilantes observando cada movimiento del camión blindado.
Dentro del cargamento, el aire era viciado y el frío de la montaña comenzaba a calar, pero la tensión que se respiraba era mucho más gélida.
Valentina abrazaba a Miguel, que ya dormía vencido por el cansancio, mientras sus ojos permanecían alerta, escrutando el camino a través de una pequeña rendija de acero.
Frente a ella, Sebastián se limpiaba las