El penetrante olor a pólvora se mezclaba con el aroma de café rancio en el amplio salón de la fábrica.
Sebastián Valderrama permanecía firme sobre Ricardo Varga, y sus ojos emanaban una oscuridad más profunda que la noche exterior.
Su dedo índice ya estaba posado sobre el gatillo, listo para enviar al infierno al hombre que había destrozado la vida de Valentina.
¡Sebastián, no! gritó Valentina desde el escenario. Estaba ocupada cortando las ataduras de Miguel con manos temblorosas.
¡Si lo ma