El pabellón de cristal al final del jardín laberinto brillaba como un cristal luminoso en medio de la oscuridad de la noche de Medellín.
Aquí, entre el olor picante de los óleos y los lienzos ocultos, Sebastián Valderrama guardaba los restos de su alma.
Esta noche, el pabellón no era solo un refugio, sino también el cuartel general de un golpe de Estado que determinaría el destino de miles de personas.
Valentina entró con pasos cautelosos, llevando una bandeja con café negro amargo la preferi