La luz del sol de la mañana que se filtraba por la ventana de la habitación infantil en la Mansión Valderrama parecía fuera de lugar.
Era demasiado brillante, demasiado alegre para el estado de ánimo destrozado de Valentina.
Estaba de pie frente al espejo, acomodándose un vestido de seda color marfil holgado para ocultar la hinchazón postoperatoria y las cicatrices en su abdomen.
En su rostro, se aplicaba un maquillaje pesado para cubrir las huellas de las lágrimas de la noche anterior.
Hoy