Las ruedas de la camioneta negra que transportaba a Valentina surcaban los charcos de agua en el asfalto de Bogotá con un sonido pesado y constante.
Dentro del vehículo, el silencio era tan opresivo que incluso superaba el ruido de la lluvia golpeando el techo. Valentina recostada en el asiento de cuero, cerraba los ojos mientras se sostenía el abdomen, donde aún sentía punzadas de dolor.
A su lado, Sebastián permanecía erguido, mirando con vacío hacia la ventana empañada.
El apretón de manos