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CAPÍTULO 4: LA DUEÑA DEL TABLERO

El mármol del Banco Central de Inversiones era tan frío como la mirada de los guardias que custodiaban la entrada. Valeria sintió el eco de sus pasos rebotar contra las bóvedas del techo mientras avanzaba por el vestíbulo, flanqueada por el licenciado Venegas y un séquito de ejecutivos que la observaban con una mezcla de respeto y curiosidad. Olía a poder. Y también a las gardenias. No supo si era real o un recuerdo olfativo que le había quedado impregnado en la piel desde el despacho de Venegas.

El director del banco, un hombre canoso de modales exquisitos, la recibió con una inclinación de cabeza.

—Señora Castañeda, la estábamos esperando.

Valeria notó el apellido antes que el saludo. Castañeda. La llamaban Castañeda. Por primera vez, la palabra no sonaba ajena. Sonaba a algo que siempre había estado allí, como un zumbido de fondo que de repente se volvía nítido.

—Buenos días —respondió, sin corregirlo.

La sala privada a la que la condujeron olía a cuero antiguo y a secretos. En el centro, una mesa de caoba sostenía una carpeta de piel con el emblema dorado del Grupo Castañeda.

—Siéntese, por favor —dijo el director, señalando un sillón que parecía un trono—. Lo que vamos a mostrarle es información que solo tres personas en este país conocen con exactitud. Su padre, Don Máximo Castañeda, fue un hombre que entendió que el verdadero poder no se exhibe. Se oculta. Se hereda en silencio.

Venegas, a su lado, asintió sin decir palabra. Valeria se sentó y respiró hondo. Ya no era la esposa de nadie. Era la heredera de un imperio.

El director abrió la carpeta y comenzó a desplegar documentos, gráficos y balances.

—El Grupo Castañeda posee el treinta y cinco por ciento de las acciones del sector energético nacional. Controla tres de los cinco puertos marítimos más importantes del país. Es propietario mayoritario de dos bancos internacionales con sede en Suiza y las Islas Caimán. Tiene participaciones en cadenas hoteleras, medios de comunicación, bienes raíces y tecnología. Su valor neto, según la última auditoría, asciende a dieciocho mil millones de dólares. Accionista mayoritaria de Monteverde Tech, con el cincuenta y un porciento de las acciones.

Las cifras flotaron en el aire como polvo suspendido. Valeria sintió que la cabeza le daba vueltas. Dieciocho mil millones. Alejandro, con toda su arrogancia, apenas había logrado amasar una fracción de eso. Y ella había sido siempre la verdadera dueña del tablero.

—¿Y todo esto estaba a mi nombre? —preguntó, con un hilo de voz pero sin temblor.

—Desde que cumplió dieciocho años —confirmó el director—. Su padre dejó instrucciones precisas para que usted tomara el control cuando estuviera preparada. Según el licenciado Venegas, ese momento ha llegado.

Valeria giró la cabeza hacia Venegas. El anciano abogado le dedicó una sonrisa casi imperceptible.

—Su padre la preparó sin que usted lo supiera. Cada decisión, cada sacrificio, cada cláusula del contrato matrimonial fue un escudo para que usted pudiera heredar sin que los buitres la devoraran antes de tiempo. Ahora tiene dos opciones: seguir siendo la esposa engañada que el mundo cree que es, o convertirse en lo que siempre estuvo destinada a ser.

Valeria bajó la mirada hacia la carpeta. Sus dedos rozaron el emblema dorado y pensó en Emilio, el hombre que le enseñó a andar en bicicleta. Lo recordó sudoroso y feliz, gritándole: «¡No sueltes el manillar, hija!». Él siempre supo que ella no era su sangre. Y la amó igual. Quizás más.

—Quiero convocar una junta extraordinaria de accionistas de Monteverde Tech —dijo, con una voz que ya no admitía réplica—. Para mañana a las nueve. Todos los directivos. Sin excepción. Y no quiero que se notifique a Alejandro. Voy a presentarme yo misma como la nueva dueña mayoritaria, con el cincuenta y uno por ciento de las acciones. Quiero ver su cara cuando entre a la sala y me encuentre sentada en su sillón. Quiero que lo viva en tiempo real, sin escapatoria.

—Se hará —respondió Venegas—. Será un placer ver cómo ejecuta la primera factura.

Valeria se giró hacia el director.

—Necesito también el nombre del mejor investigador privado que tenga a su disposición. Alguien discreto, que no haga preguntas y que me consiga en veinticiatro horas un informe completo sobre Alejandro Monteverde. Infidelidades, fraudes, movimientos financieros sospechosos. Todo.

El director intercambió una mirada con Venegas y garabateó algo en una tarjeta que deslizó sobre la mesa.

—Es un hombre de absoluta confianza. Ha trabajado para el Grupo durante años.

Valeria guardó la tarjeta sin leerla.

—Perfecto. Mañana, después de la junta, quiero empezar a revisar ese informe.

Esa misma tarde, Valeria salió del banco con una tarjeta negra en el bolsillo, el nombre de un detective en la cartera y una nueva identidad forjada en el fuego de la traición. Caminó hacia su coche y se detuvo frente al escaparate de una joyería. La mujer que le devolvió la mirada era otra. Los hombros erguidos, la mandíbula firme, un brillo en los ojos que no era venganza sino determinación.

—Valeria Castañeda —dijo en voz alta.

Y supo que el mundo, aunque todavía no lo sabía, estaba a punto de temblar.

---

Mientras tanto, Alejandro Monteverde llegó a la mansión cerca de las ocho de la noche. Le extrañó que el vestíbulo estuviera en penumbra y que Valeria no hubiera respondido a ninguno de sus mensajes. Subió las escaleras con el ceño fruncido y se dirigió al dormitorio principal. Al encender la luz, lo primero que notó fue el vestidor.

Estaba prácticamente vacío.

Los vestidos de Valeria ya no colgaban de las perchas. Los zapatos no se alineaban en los estantes. Las joyas que él le había regalado sin amor había desaparecido. Solo quedaba un maniquí solitario con el vestido de novia cubierto por una funda de plástico, como un cadáver que se niega a desaparecer. Junto a él, una nota manuscrita con la letra perfecta de su esposa.

«Diecinueve años de matrimonio y ni siquiera sabes cuál es mi color favorito. Pista: nunca fue el azul. — Valeria.»

Por primera vez, el silencio de la mansión le cayó como una losa. Esa mujer a la que creía tener controlada, ¿dónde había estado todo este tiempo mientras él repartía mentiras y amantes? Tomó su teléfono y la llamó. Buzón de voz. Una, dos, cuatro veces. Nada.

Bajó al despacho con el corazón golpeándole el pecho. Necesitaba pensar, pero la mente le iba a una velocidad que no podía controlar. Entonces lo vio. El tercer cajón del escritorio, el que él siempre mantenía bajo llave, estaba abierto. No forzado. Simplemente abierto, como si lo hubiera olvidado al salir aquella mañana.

Un sudor frío le recorrió la espalda. Metió la mano con dedos temblorosos y buscó el pequeño teléfono, su línea privada, la que usaba para Sofía y para todo lo que no podía aparecer en el dispositivo oficial. No estaba.

La ausencia del aparato fue como un disparo en el pecho. Contenía mensajes, fotos, movimientos de dinero, rastros de años de fraudes y encuentros secretos. Y ahora estaba en manos de su esposa.

—No puede ser. Ella no lo encontró. No puede ser.

Pero en el fondo, una voz que llevaba años intentando silenciar —la de su padre, Alexander Monteverde— le retumbó en la cabeza con la claridad de una sentencia.

«Hijo, no le seas infiel a Valeria. Respétala. No te confíes, porque tarde o temprano la verdad te va a alcanzar. Y cuando eso pase, te arrepentirás. No la subestimes nunca.»

El whisky que había bebido le supo de repente a hiel. Su padre no era un santo, pero en ese momento sus palabras le cayeron encima como una maldición que acababa de activarse. Diecinueve años de advertencias, y él las había tratado como viejas manías de un anciano.

Se sujetó al borde del escritorio, pálido, con la respiración entrecortada. Por primera vez en su vida, Alejandro Monteverde sintió un miedo que no tenía que ver con los negocios ni con la reputación. Era un miedo primitivo, visceral, el miedo del hombre que comprende, demasiado tarde, que ha cavado su propia tumba.

—Me equivoqué, papá —murmuró—. Me equivoqué.

La mansión permaneció en silencio, como si las paredes estuvieran conteniendo la respiración. Afuera, en el jardín de invierno, las gardenias de Valeria seguían blancas, inmutables. Y su aroma, aquel perfume que él siempre había ignorado, le llegó por primera vez como un aviso.

La verdad, como le enseñó Adela a su hija, siempre huele a gardenias.

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