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CAPÍTULO 3: EL DESPERTAR

El picaporte de la puerta estaba frío. Valeria lo sintió contra la palma de su mano como una advertencia, un umbral metálico entre la vida que había conocido y la que estaba a punto de empezar. El despacho del licenciado Venegas olía a madera vieja, a té negro y a algo más que no supo identificar hasta que cruzó el umbral: gardenias. El mismo perfume que saturaba el jardín de invierno de su mansión, el mismo que Adela le enseñó a cultivar de niña. No preguntó de dónde provenía. Se limitó a respirarlo.

—Pase, señora Monteverde. La esperaba.

Venegas era un hombre que parecía haberse encogido con los años. Ocupaba un sillón de cuero gastado tras un escritorio cubierto de legajos amarillentos, y sus manos, surcadas de venas azules, temblaban ligeramente al señalarle la silla vacía frente a él. Pero sus ojos no temblaban. Eran dos ascuas lúcidas que la observaban con una mezcla de paciencia y respeto.

Valeria se sentó sin preámbulos. Llevaba diecinueve años callando y no estaba dispuesta a perder un minuto más.

—Dígame qué es lo que tengo que saber.

—Directa. Me gusta —dijo Venegas, aunque su tono no era de quien halaga, sino de quien confirma una sospecha—. Su padre siempre decía que usted era más fuerte de lo que aparentaba.

—Mi padre murió hace años, licenciado.

—Me refiero a su verdadero padre. Don Máximo Castañeda.

El nombre cayó en la habitación como una piedra en un estanque. Valeria parpadeó, pero no se movió. La frase de Venegas le había golpeado el pecho con una violencia sorda, de esas que aún no han terminado de doler.

—Usted me está diciendo que Emilio Vélez no era mi padre.

—Emilio Vélez fue el mejor padre que usted podía tener. La amó, la protegió y dio su vida por usted. Pero no, no era su padre biológico. Su sangre es la de Don Máximo Castañeda, el dueño del imperio financiero más grande de este país.

Valeria abrió la boca y la cerró. No por incredulidad, sino porque las palabras que acudían a su mente eran demasiado pequeñas para lo que acababa de escuchar. Recordó a Emilio enseñándole a montar en bicicleta aquella tarde de verano. Recordó sus manos callosas y su sonrisa tranquila mientras le decía: «No importa de dónde vengas, hija, sino adónde vas». ¿Lo sabía él? ¿Lo supo siempre?

Miró a Venegas, que seguía inmóvil, con las manos entrelazadas sobre el escritorio, esperando. No había prisa en su gesto. Solo la serenidad de quien ha custodiado un secreto durante décadas y por fin puede soltarlo.

—Cuéntemelo todo. Desde el principio.

Venegas asintió. Le habló de Adela, su madre, y del amor clandestino que mantuvo con Don Máximo mientras este seguía casado con una mujer que nunca pudo darle hijos. Le habló de la muerte de aquella esposa, de cómo Don Máximo, viudo y roto, buscó a Adela para redimirse y ella le confesó que tenía una hija. Le habló de la decisión de ambos de mantener el secreto para protegerla a ella, a Valeria, de un mundo de tiburones que habrían usado su nombre como carnaza.

Y luego le habló del contrato.

—¿Qué contrato? —preguntó Valeria, aunque ya sospechaba la respuesta.

Venegas se levantó con dificultad, abrió una caja fuerte empotrada en la pared y extrajo un fajo de páginas amarillentas encuadernadas en piel negra. Las dejó sobre la mesa con la delicadeza de quien posa un arma cargada.

—El contrato matrimonial que usted firmó hace diecinueve años, en este mismo despacho, junto a su esposo y a Don Emilio. ¿Lo recuerda?

—Recuerdo que no lo leí —dijo Valeria con un hilo de voz—. Confié en Alejandro.

—Un error que su padre supo anticipar. Léalo ahora.

Valeria tomó el documento. Sus dedos rozaron la firma de Alejandro, una rúbrica rápida y arrogante. Luego encontró la suya, pequeña e ingenua, trazada con la ilusión de una muchacha de diecinueve años que creía estar sellando un cuento de hadas. Recorrió las páginas una a una, deteniéndose en los términos legales que su formación en finanzas le permitía descifrar. Y al llegar a la página siete, se detuvo.

«En caso de infidelidad comprobada o abandono del hogar conyugal por parte de Alejandro Monteverde, este perderá todos los derechos sobre los bienes y valores aportados al matrimonio y contraerá una deuda perpetua con el Grupo Castañeda, inembargable e imprescriptible. Dicha deuda podrá extenderse únicamente a los hijos que Alejandro Monteverde tuviera fuera del matrimonio, jamás a la descendencia legítima del mismo.»

Leyó la cláusula tres veces. Luego levantó la vista.

—Esto significa que puedo destruirlo.

—Significa que puede hacer justicia —dijo Venegas—. Pero también significa que tendrá que decidir si está dispuesta a convertirse en la mujer que maneje el arma.

—Ya lo estoy —dijo Valeria, y su voz ya no temblaba.

Venegas la observó en silencio. Luego asintió, despacio, como quien acaba de presenciar el nacimiento de algo que llevaba años gestándose.

—Su padre dejó una cosa más. Además del contrato.

—¿Qué cosa?

—Un imperio. El Grupo Castañeda lleva diecinueve años operando con administradores interinos, a la espera de que usted reclamara su herencia. A las diez de la mañana tiene una cita con el director del Banco Central de Inversiones. Si decide ir, nada volverá a ser igual.

Valeria se puso de pie. Al otro lado de la ventana, el sol despuntaba sobre los tejados, como si también él acabara de despertar. Las gardenias seguían oliendo a verdad. Y ella, por primera vez en diecinueve años, estaba dispuesta a escucharlas.

—Voy a ir.

—No esperaba menos de una Castañeda —dijo Venegas, con una media sonrisa que le arrugó las comisuras.

Valeria se giró antes de salir. Una última pregunta le ardía en los labios.

—¿Por qué no me buscó antes? ¿Por qué esperar diecinueve años?

—Porque usted no estaba lista. Necesitaba tocar fondo para despertar. — Y me acordé de anoche, cuando encontré ese teléfono, toqué fondo.

Valeria no respondió. Salió del despacho con el contrato bajo el brazo y el aroma de las gardenias pegado a la piel. Al pisar la calle, notó algo extraño en el pecho. No era rabia, ni miedo, ni tristeza. Era un latido nuevo, firme y profundo. El latido de una mujer que acaba de descubrir que el mundo le pertenece, aunque aún no sepa muy bien qué hacer con él.

Pero iba a averiguarlo.

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