George sonrió, incrédulo. Peter, con sus manos tras la espalda, estando de pie del otro lado del vidrio, elevó las cejas ante las palabras de la mujer. Y Maximiliano, que lo acompañaba, sentado en una silla de oficina alta, vestido con ropas relajadas y deportivas, como jean, zapatos de goma y un sueter negro cuello en V, con un brazo sobre el espaldar de la silla, un pie sobre el suelo y otro montado en una de las barras, exhaló un par de risotadas a un decibel sonoro muy bajo, como para sí mi