CRHIS
Estoy sentado en el asiento de cuero oscuro de mi Mercedes-Benz S-Class. Las ventanillas están ligeramente empañadas, pero no me importa; mi vista está clavada en esa maldita puerta principal. Diez minutos. Le di diez minutos. Y cada segundo que pasa es una tortura.
Mi mano, la que usé para golpear a ese idiota, Liam, tamborilea un ritmo seco sobre el volante. El nudillo late, recordándome la futilidad de la violencia. La violencia es control, pero no me da la verdad.
Odio las mentiras. D