El apartamento que había sido mi refugio durante cinco años nunca había parecido tan pequeño como aquella mañana.
Mis pertenencias cabían en dos maletas viejas y una caja de cartón. Lo demás, los recuerdos, las fotografías, todo estaba guardado en mi corazón. La vida que había construido con tanto esfuerzo se reducía a unos pocos objetos que ahora cargaba hacia el auto negro que me esperaba en la puerta.
Alessandro saltaba a mi lado, emocionado.
—Mamá, ¿la casa nueva es muy grande?
—Sí, cariño.