Estoy en el despacho que tengo en la casa y no dejo de pensar en ella. Trato de concentrarme en el trabajo, pero esto es simplemente imposible. En mi cabeza solo se pasa ella y ese maldito camisón que llevaba puesto y que llego para desordenar todos mis sentidos. Soy un caos completo por su culpa y comienzo a darme cuenta de que las cosas comienzan a cambiar con ella.
«¿Por qué no lo quiero admitir?» me cuestiono con culpa. Lo que me pasa con Haizea va mucho más allá del buen sexo que teníamos