La suave brisa se filtra por las ventanas del camarote, una brisa que normalmente sería refrescante, pero en ese momento, todo lo que rodea a Thalía parece abrumador. El eco de sus pasos y el golpeteo de las olas contra el yate se pierden en el ritmo acelerado de su corazón. Los brazos de Leonardo, fuertes y seguros, la cargan como si fuera lo más frágil del mundo, pero también lo más preciado. El calor de su cuerpo contrasta con la frialdad del aire, y con la de su propio cuerpo. Aunque se sie