Sentada tras su escritorio, Donatella sostiene un vaso de whiskey en la mano. Su mirada permanece fija en el ventanal, perdida en sus propios pensamientos, su postura sugiere que no hay descanso en su mente. El teléfono sobre el escritorio vibra y suena, rompiendo el silencio del despacho.
Llevando el vaso a sus labios, toma un pequeño sorbo, y solo hasta entonces contesta con un gesto mecánico, sin apartar la vista del cristal.
—¿Qué sucede? —pregunta con voz baja, pero que no por eso deja de