Una vez que termina de repartir los últimos papeles, Tommy deja las cajas sobre la barra del bar y da un par de palmadas en el aire para llamar la atención de todos. Moviéndose con soltura entre las mesas, esquiva las piernas, jarras y los abrigos colgados en los respaldos de las sillas. Cuando se asegura de tener la atención de todos, y que nadie está por fuera del local, se detiene al centro del pub y, sin pedir permiso, sube a una de las sillas cercanas.
—¡Ey, ey! —alza la voz.
La música baja poco a poco hasta quedar como un murmullo de fondo. Las conversaciones se apagan de manera desigual, pero en cuestión de segundos casi todos los presentes dirigen la mirada hacia él. Algunos levantan sus vasos; otros chistan a quienes aún siguen hablando.
—Gracias por su atención —dice extendiendo las manos—. Antes que nada, gracias a todos por aceptar participar en el intercambio de este año. Sé que no todos creían que esto iba a funcionar…
—¡Yo solo vine por los tragos! —grita alguien desde