Johanna permanece de pie frente a la ventana del salón principal, la espalda recta, sus manos cruzadas sobre su pecho y la mirada fija en el camino que lleva hasta la entrada de la propiedad. Cuando el reloj de la casa deja escuchar su campanada anunciando que acaban de dar la una de la tarde, su ceño se frunce ligeramente. Ya el cartero lleva dos horas de retraso en su entrega habitual.
Por lo últimos dos días, ha estado observando el mismo trayecto, a la misma hora, con la misma expresión tensa que no logra suavizar ni siquiera cuando se aleja de la ventana para atender otras tareas. Dos días aguardando una señal que no llega, un sobre que no aparece, una información que está tardando demasiado en llegar a sus manos.
El silencio de la casa no ayuda, lo único que hace es aumentar el sonido de sus pensamientos. No es sino hasta cinco minutos después cuando finalmente distingue, al comienzo del camino de grava, el automóvil con la identificación visible del correo, su cuerpo reacciona a