Para cuando Siena y Franco salen del sendero del bosque e ingresan en el camino principal, no solo la lluvia ha cesado, sino que también la noche ha comenzado a extender en la propiedad pesada, oscura, como si aún conservara la humedad del aguacero. Delante de ellos, un auto avanza por la grava mojada con un sonido tenue. Ambos cruzan el portón de la propiedad al mismo tiempo que el vehículo estaciona cerca de la entrada principal. El brillo de los faros ilumina por unos segundos la línea de árboles antes de apagarse y que el sonido del motor se silencie.
Las puertas del copiloto y la de pasajero se abren poco después. Victoria baja corriendo, los zapatos chapotean sobre la grava húmeda, y en cuanto reconoce a su madre, lanza un gritito ahogado.
—¡Mami! —exclama mientras corre hacia ella con los brazos abiertos.
Siena apenas tiene tiempo de extender los suyos. La pequeña se estampa contra sus piernas y se queda allí, aferrándose con fuerza. Al sentir la ropa empapada de su madre, Vict