Toqué la puerta, tres golpecitos, como una melodía, esa era mi manera de golpear su puerta. Estaba tardísimo a esas alturas ya se me había pasado la maluquera, menos mal no me había emborrachado sino hubiera sido peor. Un minuto después la puerta se abrió y apareció él un poco adormecido, con su ropa de dormir y su cabello vuelto un enredo.
—Chispita… —se frotó los ojos y me miró, como si la visión se le hubiera aclarado, su gesto se alteró—. Chispita, qué pasó, estás bien.
Sujetó mi rostro en