Me regaló una hermosa sonrisa y sin alejar sus ojos de los míos llevó la copa a los labios, hizo un pequeño sonido con ellos insinuando que el vino estaba delicioso. Bajé la copa.
—Pruébalo, está delicioso —sonrió.
Solté una risita malvada, tan natural que mis ojos decían más de lo que podían.
—Creo que ya has escuchado muchas veces que el alcohol y yo no somos amigos.
Retiré la copa, de repente él la tomó y al hacerlo rozó mis dedos con suavidad, me miró fijamente, sus ojos brillaban con