—No tienes que agradecerme —respondí con una pequeña sonrisa, aunque por dentro estaba temblando—. Es con mucho gusto.
Nos quedamos en silencio por un momento, sus ojos no dejaron los míos. La tensión en el aire era palpable y por un segundo deseé que el tiempo se detuviera. Me senté junto a la cama, alejé lentamente mi mano llevándola a mi bolsillo. El silencio que siguió no fue incómodo es que ni yo sabía cómo interpretarlo.
Me pidió que le pasara una camiseta para cambiarse, así lo hice. Cu