Alan empezó a platicarme, yo sólo quería ignorarlo, pero era inevitable no mirarlo por el rabillo del ojo; quería ser polera para pegarme a su cuerpo, a veces se me escapaban sonrisas endiabladas por mis propios pensamientos.
—Te invito a desayunar —soltó de repente.
Otra vez mi boca me traicionó.
—¡No!
Arqueó una ceja, me miró un segundo y luego volvió la vista al frente.
—Te encanta decirme no —afirmó.
—No es eso, no quiero retrasarte de tus cosas —dije—. Acepto con una condición.
Me miró