—Ale, ahora te enseño tu cuarto —dijo, rompiendo mis esperanzas de escapar de esa situación incómoda.
No tuve más remedio que quedarme ahí sentada, con ganas de salir corriendo en medio de la tormenta. Prefería eso a estar en el mismo espacio, que para mí era reducido. Quería reírme como una loca psicópata, eso parecía una pesadilla.
—¿Cómo va tu trabajo? —inquirió él rompiendo el silencio.
—Muy bien, me gusta mucho lo que hago —se me escapó una sonrisa—, elegí una carrera que me apasiona.
—