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—¿Juntos, entonces? —sugirió Sebastián, demasiado emocionado como para importarle lo que pensaran los demás.

Angela encogió los hombros con un gesto aparentemente despreocupado, pero él detectó un destello en sus ojos. Seguramente no era pánico. ¿Acaso temía, de repente, perder? Su mano tembló ligeramente al colocar sus cartas justo delante de las de él. Así que estaba preocupada. Tenía todo el derecho a estarlo, pensó con malicia al ver sus cartas. Cuatro nueves era una buena mano. Pero no lo
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